No sé exactamente cuándo empecé a escribir este libro. Sé cuándo lo terminé, pero el principio es difuso, como la niebla que se queda pegada al Valle del Río Guadalquivir al amanecer.
Supongo que empezó a gestarse sin que yo me diera cuenta, a golpe de bota y de kilómetros, en todos esos años en los que me fui colando por cada rincón de estas montañas.
Me asomé a la mayoría de sus voladeros, seguí viejas sendas que ya casi nadie recuerda, vadeé arroyos cuando venían cargados, y bebí en fuentes que no aparecen en ningún mapa. La sierra se me fue metiendo dentro de una forma que solo supe gestionar escribiendo.
Pero antes del libro hubo años de piezas sueltas. Historias que no encajaban entre sí pero que yo no era capaz de soltar. El cortijo que encontré un día casi devorado por las zarzas, con la puerta todavía en pie como si el dueño fuera a volver. Las aldeas enteras convertidas en ruina, con sus eras y sus hornos de pan reducidos a montones de piedra desperdigados por el suelo.
Los viejos que me contaban los oficios de pinero, de hachero o de peguero con una naturalidad pasmosa, como quien habla de algo ocurrido la semana pasada y no hace tantos años. Las leyendas de nevazos que sepultaban las veredas en invierno. El humor tan auténtico de aquellos serranos. Todo eso lo llevaba dentro, desordenado, sin saber muy bien qué hacer con ello.
Y entonces apareció Vicentón. Cuando conocí retazos de su historia por primera vez algo hizo clic. No de forma dramática, no fue un relámpago. Fue más bien como cuando terminas de colocar la última pieza de un puzle que llevas meses sin poder cerrar.
De repente todo aquello que tenía desperdigado en la cabeza encontró su lugar: el lobo solitario en unas cumbres que también se iban quedando solas, el último de su especie en un territorio que perdía a su propia gente.
Y a partir de ahí, el libro fluyó de una forma que todavía me sorprende, como si llevara años pensándolo, cuando en realidad no había sido así. Lo que no esperaba era la montaña rusa de escribirlo.
Hubo momentos de tristeza honda, de esa que se te instala en el pecho cuando lees el testimonio de una familia que un día cerró la puerta de su hogar por última vez y no volvió. Hubo momentos de indignación y hubo momentos de respeto casi reverencial ante la dureza y la dignidad de aquella gente que vivió en condiciones que hoy nos resultan casi inimaginables.
Y luego estaban los otros momentos, los que no preví. Hay peripecias en este libro con las que yo mismo me sorprendí riéndome solo delante de la pantalla. Porque aquellos serranos, con toda su dureza, tenían también una chispa y un sentido del humor que se me coló entre las páginas sin pedirme permiso.
Eso es lo que encontrarás aquí. Respeto y memoria. Y en el centro de todo, un lobo que no sabía que era el último.
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