La intrahistoria de la contraportada
Para la contraportada no tenía nada en mente. De hecho, ni siquiera sabía si finalmente llevaría una imagen. Lo vi claro cuando terminé de escribir la última letra del epílogo y una dedicatoria posterior: fue entonces cuando me llegó el chispazo que encendió la lumbre.
Tenía que ser una ilustración que reflejara la doble alma de la novela. Si en la portada se mostraba el lado salvaje de la sierra, con Las Banderillas y la silueta de Vicentón, en esta debían aparecer los serranos. Alguna escena de su vida cotidiana —en este caso, un pastor, ya fuera Olayo, Marcelo o su abuelo Lorenzo careando a las ovejas— y, como en la cubierta, un lugar reconocible.
Entonces recordé una fotografía tomada una calurosa tarde de Julio de 2016, cuando con inmejorable compañía subí al Picón del Galayo desde El Cerezo y Arroyo Venancia.

Después de disfrutar de unas vistas fantásticas y de los tonos dorados del atardecer sobre el Almorchón, Calar de las Palomas, y los Campos de Hernán Pelea, en el descenso me llamó la atención una vieja tinada. Quedaba perfectamente encuadrada, con su silueta todavía iluminada por los últimos rayos de sol, y La Sagra recortándose al fondo.
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Igual que había hecho antes, se lo envié a www.charcoaldrawing.es para que lo trasladara a lápiz con la máxima fidelidad posible, aportándole ese toque de autenticidad que solo tiene lo hecho a mano. Y este fue el resultado.


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