Me llamo Jose A. Pineda Salvador y el vínculo con estas sierras nació de un asombro temprano, allá por el año 1993, durante un viaje escolar que me grabó a fuego el perfil de sus bosques y montañas. Aquella fascinación de niño fue la semilla de un regreso inevitable; años más tarde volví, ya no como turista, sino como montañero, dispuesto a gastar las botas en sus veredas y a recorrerlas de un extremo a otro: desde la altiva presencia del Gilillo hasta el gris silencio del Calar del Mundo; desde la ola pétrea del Blanquillo hasta la silueta omnipresente de La Sagra.
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En ese empeño por patear cada rincón, mi caminar se fue deteniendo ante los restos de una historia reacia a desaparecer. Me encontré con el esqueleto de viejos cortijos, tinadas y tornajeras que aún guardaban el rastro del ganado, y fuentes donde el agua parecía esperar el retorno de alguien. Cualquier piedra y cada sombra en sus vertientes daban fe de un pasado laborioso y duro, transformando mi simple actividad deportiva en una búsqueda de algo mucho más profundo: la identidad de una tierra olvidada.

Esa curiosidad me llevó a escuchar la voz de los últimos serranos y a sumergirme en fondos documentales que me trasladaron a otra dimensión. Al conocer sus vivencias, las cumbres cambiaron ante mis ojos; ya no eran solo accidentes geográficos, sino el escenario de una epopeya humana. Empecé a mirar las navas y los riscos no por su belleza estética, sino como el hogar de oficios extintos o anécdotas extraviadas en el eco de los barrancos, consciente de que todo lugar custodiaba el latido de una existencia que un día tocó a su fin.
Lo que aquí se narra es el compendio de ese proceso. Es el rescate de una forma de vida empujada al abandono, de cortijadas que quedaron mudas y de familias que dijeron adiós a sus hortales. Una crónica que camina de la mano con el rastro de Vicentón, aquel último lobo cuya soledad en las cumbres simbolizó el ocaso definitivo de una era. Su historia, como la de los serranos que compartieron su destino, marcó el fin de una época que hoy solo sobrevive en la memoria.
Este libro es mi humilde testimonio de ese legado salvaje y humano que se sumergió en la niebla del tiempo y que hoy se niega a ser olvidado.
Muchas gracias por compartir esas veredas que llevan "al contraluz de la nostalgia a contemplar recortándose en el horizonte siluetas de viejos machos monteses" como quiero recordar ecribía J.L. González Ripoll. Más que leer he saboreado cada paso y revivido las sensaciones disfrutadas en esas sierras. Gracias
ResponderEliminarMuchas gracias por sus palabras. Me uno al recuerdo del gran Juan Luis Gonzalez Ripoll.
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